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    Carlos Castaneda - Viaje a Ixtlan
    2011-Jul-17, 11:25 AM

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    El sábado 22 de mayo de 1971 fui a Sonora, México, para ver a don Juan Matus, un brujo yaqui con quien tenía contacto desde 1961. Los hechos que tuvieron lugar ese día y el siguiente fueron decisivos para mí.

    Ya he presentado el caso de mi aprendizaje en dos obras anteriores: Las enseñanzas de don Juan y Una realidad aparte.

    Don Juan era experto en el uso de tres plantas: Datura inoxia, comúnmente conocida como toloache; Lophophora williamsii, conocida como peyote, y un hongo alucinógeno del género Psilocybe.

    Mi percepción del mundo a través de los efectos de estos psicotrópicos había sido tan extraña e impresionante que me vi forzado a asumir que tales estados eran la única vía para comunicar y aprender lo que don Juan trataba de enseñarme.Tal suposición era errónea.

    Dijo que, para un brujo, el mundo de la vida cotidiana no es real ni está allí, como nosotros creemos. Para un brujo, la realidad, o el mundo que todos conocemos, es solamente una descripción.

    Para validar esta premisa, don Juan me señaló que todo el que entra en contacto con un niño es un maestro que le describe incesantemente el mundo, hasta el momento en que el niño es capaz de percibir el mundo según se lo describen. De acuerdo con don Juan, no guardamos recuerdo de aquel momento portentoso, simplemente porque ninguno de nosotros podía haber tenido ningún punto de referencia para compararlo con cualquier otra cosa. Sin embargo, desde ese momento el niño es un miembro. Conoce la descripción del mundo, y su membrecía supongo.


    Afortunadamente, en el caso de mi aprendizaje, a don Juan no le preocupaba en absoluto el que yo pudiese, o no, tomar en serio su proposición, y procedió a dilucidar sus planteamientos


    Su argumento era que me estaba enseñando a "ver", cosa distinta de solamente "mirar", y que "parar el mundo" era el primer paso para "ver".

    Durante años, la idea de "parar el mundo" fue para mí una metáfora críptica que en realidad nada significaba.

    Él y yo habíamos estado hablando de, diversas cosas en forma reposada, sin estructura.

    Le conté el dilema de un amigo mío con su hijo de nueve años. El niño, que había estado viviendo con la madre durante los cuatro años anteriores, vivía entonces con mi amigo, y el problema era qué hacer con él. Según mi amigo, el niño era un inadaptado en la escuela, sin concentración y no se interesaba en nada. Era dado a berrinches, a conducta destructiva y a escaparse de la casa.

    -Menudo problema se carga tu amigo -dijo don Juan, riendo.

    Quise seguirle contando todas las cosas "terribles" que el niño hacia, pero me interrumpió.

    -No hay necesidad de decir más sobre ese pobre niñito -dijo-. No hay necesidad de que tú o yo pensemos de sus acciones de un modo o del otro.

    -¿Qué puede hacer mi amigo? -pregunté.

    - Lo que no debe hacer es forzar al niño a estar de acuerdo con él -dijo don Juan.

    -¿Qué quiere usted decir?

    -Quiero decir que el padre no debe pegarle ni asustarlo cuando no se porta como él quiere.

    -¿Cómo va a enseñarle algo si no es firme con él?

    -Tu amigo debería dejar que otra gente le pegara al niño.

    -¡No puede dejar que una persona ajena toque a su niño! -dije, sorprendido de la sugerencia.

    Don Juan pareció disfrutar mi reacción y soltó una risita.

    -Tu amigo no es guerrero -dijo-. Si lo fuera, sabría que no puede hacerse nada peor que enfrentar sin más ni más a los seres humanos.

    -¿Qué hace un guerrero, don Juan?

    -Un guerrero procede con estrategia.

    -Sigo sin entender qué quiere usted decir.

    -Quiero decir que si tu amigo fuera guerrero ayudaría a su niño a parar el mundo.

    -¿Cómo puede hacerlo?

    -Necesitaría poder personal. Necesitaría ser brujo.

    -Pero no lo es.

    -En tal caso debe usar medios comunes y corrientes para ayudar a su hijo a cambiar su idea del mundo. No es parar el mundo, pero de todos modos da resultado.

    Le pedí explicar sus aseveraciones.

    -Yo, en el lugar de tu amigo -dijo don Juan-, empezaría por pagarle a alguien para que le diera sus nalgadas al muchacho. Iría a los arrabales y me arreglaría con el hombre más feo que pudiera hallar.

    -¿Para asustar a un niñito?

    -No nada más para asustar a un niñito, idiota. Hay que parar a ese escuincle, y los golpes que le dé su padre no servirán de nada.

    "Si queremos parar a nuestros semejantes, siempre hay que estar fuera del círculo que los oprime. En esa forma se puede dirigir la presión."

    -Dígame qué más debería hacer mi amigo con su niño -dije.

    -Dile que vaya a los arrabales y escoja con mucho cuidado al tipo más feo que pueda -prosiguió él-. Dile que consiga uno joven. Uno al que todavía le quede algo de fuerza.

    Don Juan delineó entonces una extraña estrategia. Yo debía instruir a mi amigo para que hiciera que el hombre lo siguiese o lo esperara en un sitio a donde fuera a ir con su hijo.

    El hombre, en respuesta a una seña convenida, dada después de cualquier comportamiento objetable por parte del pequeño, debía saltar de algún escondite, agarrar al niño y darle una soberana tunda.

    -Después de que el hombre lo asuste, tu amigo debe ayudar al niño a recobrar la confianza, en cualquier forma que pueda. Si sigue este procedimiento tres o cuatro veces, te aseguro que el niño cambiará su sentir con respecto a todo. Cambiará su idea del mundo.

    -¿Y si el susto le hace daño?

    -El susto nunca daña a nadie. Lo que daña el espíritu es tener siempre encima alguien que te pegue y te diga qué hacer y qué no hacer.

    "Cuando el niño esté más contenido, debes decir a tu amigo que haga una última cosa por él.

    Debe hallar el modo de dar con un niño muerto. Debe hacerlo tocar el cadáver una vez, con la mano izquierda, en cualquier lugar menos en la barriga. Cuando el niño haga eso, quedará renovado. El mundo nunca será ya el mismo para él."

    Me di cuenta entonces de que, a través de los años de nuestra relación, don Juan había estado usando conmigo, aunque en una escala diferente, la misma táctica que sugería para el hijo de mi amigo. Le pregunté al respecto. Dijo que todo el tiempo había estado tratando de enseñarme a "parar el mundo".

    -Todavía no lo paras -dijo, sonriendo-. Parece que nada da resultado, porque eres muy terco. Pero si fueras menos terco, probablemente ya habrías parado el mundo con cualquiera de las técnicas que te he enseñado.

    -¿Qué técnicas, don Juan?

    -Todo lo que te he dicho era una técnica para parar el mundo.

    Pocos meses después de aquella conversación, don Juan logró lo que se había propuesto: enseñarme a "parar el mundo".


    Don Juan declaraba que para llegar a "ver" primero era necesario "parar el mundo".

    La frase "parar el mundo" era en realidad una buena expresión de ciertos estados de conciencia en los cuales la realidad de la vida cotidiana se altera porque el fluir de la interpretación, que por lo común corre ininterrumpido, ha sido detenido por un conjunto de circunstancias ajenas a dicho fluir. En mi caso, el conjunto de circunstancias ajeno a mi fluir normal de interpretaciones fue la descripción que la brujería hace del mundo.

    El requisito previo que don Juan ponía para "parar el mundo" era que uno debía estar convencido; en otras palabras, había que aprender la nueva descripción en un sentido total, con el propósito de enfrentarla con la vieja y en tal forma romper la certeza dogmática, compartida por todos nosotros, de que la validez de nuestras percepciones, o nuestra realidad del mundo, se encuentra más allá
    de toda duda.

    Después de "parar el mundo", el siguiente paso fue "ver". Con eso, don Juan se refería a lo que me gustaría categorizar como "responder a los estímulos perceptuales de un mundo fuera de la descripción que hemos aprendido a llamar realidad".


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    Categoría: Carlos Castaneda | Ha añadido: Nefer
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    Escudo

    Tiene el toque de antigüedad y nobleza que hacen de este escudo algo muy original. La corona representa la realeza, el cuervo a Enki y en heráldica esta ave representa a un guardián, un protector y encima este cuervo sostiene una espada con la que va a proteger a los suyos. Los dos leones de Isis, en heráldica representan valor y esfuerzo de los caballeros que han ejecutado alguna atrevida empresa, valiéndose más de la astucia que de la fuerza. En este caso son dos leones rampantes y tenantes que sostienen el escudo cuartelado con los sigils de la Corona, o los símbolos de los seres de mayor jerarquía que poseemos, los Dioses. Al centro figura el símbolo del orígen de la sabiduría hiperbórea. El lambrequín está tirado para atrás y tiene una coloración distinta y polarizada (rojo y azul) y rematamos a esta obra con nuestro grito de guerra que dice: "La decisión de ser un dios es tuya".

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    El Águila bicéfala representa el dominio de dos lugares, se remonta su uso a las culturas humanas mas antiguas, Sumeria representó con este símbolo el dominio de oriente y occidente. Luego, este símbolo fue tomado por las culturas que le sucedieron y se estandarizó su uso. Ahora nosotros los herederos de la corona, usamos este símbolo para representar nuestra presencia tanto en este plano como en el otro.