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    Miguel Serrano - Nietzsche y el eterno retorno
    [ · DESCARGAR (402 Kb) ] 2011-Jul-08, 11:35 PM

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    Se sabe que Suiza es un país especial, pero se ignora generalmente que en el fondo del suizo duerme un romántico, más allá de eso que los suizos llaman su "espíritu helvético", que envuelve todos los Cantones, desde la Suiza francesa, pasando por la alemana, hasta la italiana, haciendo tan diferente a este último de la Italia del norte, de Milán y el Lago de Como, del que apenas lo separan una decena de kilómetros. Calladamente, el suizo sufre de ser como es, o como el mundo cree que es: un pequeño burgués preocupado de su seguridad, de sus bancos, de sus relojes, de sus quesos, con una visión muy limitada, por la cercanía de un monte a otro. Si ha llegado a ser así, o a aparecer así, el suizo compénsase preparando su tierra para un advenimiento: el arribo de un visitante extraordinario, que debe venir cada cierto número de años y que, ignorando las normas del "espíritu helvético", haciendo caso omiso de ellas, se proyecta a la eternidad.

    En el pasado, este país ha recibido a Rilke, a Romain Rolland, a Hermann Hesse, a Tomás Mann, a Nietzsche. Aquí vive hoy Krishna Murti. De este modo, creando las condiciones propicias al advenimiento, el suizo se redime. Mientras tanto, es el hotelero, el administrador de un Gran Sanatorio de la humanidad, que provee los medios para que algunos seres de excepción, en los que él se proyecta, puedan vivir, sufrir, soñar aquí; a menudo, morir aquí. En este Gran Sanatorio, que los suizos regentan, además de los relojes con los que cuentan los minutos de esas vidas, les han proporcionado el trampolín para saltar a la eternidad. y si en verdad no fueran los habitantes de este país quienes lo hacen posible, entonces lo serán sus montes, sus nieves puras, sus lagos y sus bosques; los sueños que se anidan profundamente en el alma de esta tierra, que ella no realiza, pero que permite realizar a otros.

    Leí a Nietzsche en mi adolescencia. Desde aquellos años, creo que no volví a sus libros. Sabía, sin embargo, que la más grande influencia en la literatura y vida de Hermann Hesse fue Nietzsche, su maestro en el manejo incomparable de la lengua alemana y en su manera de vivir. Bien, he aquí que me encuentro en las cumbres y nieves de Sils-María, parado frente a la casa de Nietzsche habitara más de ochenta años. Hermann Hesse escribió lo siguiente sobre esta casa: "También en Sils-María hubo para mí una experiencia distinta, un espectáculo que, desde entonces hasta hoy, se me ha ido tomando más importante y querido, cada vez que vuelvo a contemplarlo con el corazón conmovido; me refiero a la casa un tanto sombría, pegada junto a la rocosa falda del monte, en la que tuvo Nietzsche su albergue en la Engadina. En medio del bullicioso y abigarrado mundo deportivo y turístico y de los grandes hoteles de hoy, ella se alza todavía, orgullosa y tenaz, y observa al visitante levemente malhumorada, como hastiada, despertando veneración y compasión a un tiempo y recordando con apremiante advertencia aquella alta y noble figura humana que levantó el eremita desde su doctrina. herética". Siento que un nudo me aprieta la garganta. ¿Serán los recuerdos de mi adolescencia que regresan de golpe? No, es algo que viene de algún punto fuera de mí, porque "esta noble figura humana", que aquí estuvo una vez, es un signo allá arriba que no se oscurece, que deberá ser recogido por la cadena de las generaciones sucesivas. repensado con urgencia para que la especie no se hunda destruida por la máquina y la vulgaridad, para que no se aniquile la semilla hombre.


    Frente a la casa, convertida hoy en un modesto museo, la misma familia suiza-alemana de los Bodmer, que donara una casa a Hesse en Montagnola, ha hecho esculpir un águila de bronce, en recuerdo del águila de Zaratustra; está con las alas prontas a iniciar el vuelo. Iremos con ella hasta un peñón junto al lago, donde Nietzsche tuvo la visión del Eterno Retorno de todas las cosas; porque el Eterno Retorno no fue una idea, una teoría pensada racionalmente al principio por Nietzsche, sino una revelación, como él mismo lo declara. Una idea que vino de repente, de lo alto, o de las profundidades, y que explotó en el centro de su ser. Lo que Nietzsche debió hacer en seguida fue luchar para que esa revelación no se le transformara en religión y él, en profeta, o poseído. Quiso estudiar en la Universidad de Viena altas matemáticas y física para vestir la idea con ropajes prestigiosos y comprensibles.

    Esa bella y extraordinaria mujer, que fue Lou Salomé, amor espiritual de Nietzsche y de Rilke, revela en una carta que "Nietzsche volvía sin cesar a la intención errónea de poder encontrar una base científica irreductible a su idea, por medio de estudios de física y la teoría de los átomos. Estudiaría ciencias en la Universidad de Viena o de París. Luego, v sólo al término de muchos años de silencio
    absoluto, quería volver entre los hombres como el Doctor del Eterno Retorno...". Nietzsche dice: "La idea del Eterno Retorno, esta fórmula suprema de la afirmación, la más alta que se puede concebir, data del mes de agosto de 1881. Está fijada en una hoja de papel con esta inscripción: "A 6.000 pies por encima del hombre y del tiempo". Recorría yo aquel día el bosque, por la orilla del lago Silplana; junto a una formidable roca que se eleva en pirámide, no lejos de Surlei, hice alto. Allí fue donde acudió a mí esta idea".

    Y Lou Salomé escribe, al comienzo de su carta: "Son para mí inolvidables las horas durante las cuales me confió por primera vez este pensamiento, como un secreto, es decir, algo cuya verificación y comprobación le causaban horror: hablaba a media voz, con todos los signos del más profundo espanto". Siempre, desde mi primera lectura de Nietzsche, lo que me impresionó mayormente y debería guardar, fue su concepción del Eterno Retorno, esforzándome por llegar a entenderla, sin lograrlo plenamente. (¿Lo conseguiría el mismo Nietzsche?). Sabía sí que la doctrina no era la metempsicosis, la reencarnación, ni el dogma de la resurrección de la carne, aun cuando erróneamente pudiera vinculárseles. Una sensación precisa me ha perseguido de que allí se encubre algo fundamental, captado de un modo nuevo, nunca hasta ahora penetrado así, y que deberá ser actualizado, aún a riesgo de sufrir igual espanto. Nietzsche trató de dar una base científica a su revelación, y, como Lou Salomé nos lo cuenta, estudiando la física de los átomos. Pero a fines del siglo XIX aún no se había penetrado en ese universo fantasmagórico de la física subatómica y quántica, que tendría que hacer posible, a nuestro entender, un retorno del Eterno Retorno. Y esto nos parece apremiante, porque la esencia de su revelación no ha sido tocada.

    Muy arriba aún traza sus círculos el águila.



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    Categoría: Hitlerismo Esotérico | Ha añadido: JavierOrozco
    Visiones: 700 | Cargas: 155 | Comentarios: 1 | Ranking: 5.0/1
    Total de comentarios: 1
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    1 Demian   (2011-Jul-21 4:06 AM)
    Un profundo análisis del pensamiento del gran filósofo alemán que lo conecta con la ciencia cuántica.

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